Autor:
Pedro A. Gómez Ruzzo
(Mateo. 22.36-40)
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Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?
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Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con
toda tu alma, y con toda tu mente.
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Este es el primero y gran mandamiento.
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Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
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De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.
Muchas
veces hemos conversado de esto, sobre los dos mandamientos
principales que nos dejó nuestro Señor Jesús; probablemente en
resumen los conocidos 10 mandamientos que recibió Moisés.
Hoy
traigo a reflexión el primero: “Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” o de
otra forma más fácil de recordar: “Amarás a Dios sobre todas
las cosas”
En
realidad no hay mucho que decir. Yo mismo cuando me refiero al
segundo mandamiento, me salto este primero diciendo que es un
mandamiento “muy fácil de cumplir” (irónicamente hablando) ya
que amar a “un Ser” que de forma evidente no te exige nada, no te
reclama nada... pues resulta muy cómodo y fácil de hacer.
“Dios
está en mi corazón”, “Yo lo amo” llegan a ser clichés al
solo decirlo. “Por sus obras les conoceréis” (Mateo 7,
15-20), el Amor no hay que solo decirlo sino que hay que
evidenciarlo con las acciones.
En
las Sagradas Escrituras está el conocimiento místico/espiritual que
necesitamos para vivir bien, pero está presentado de forma
“humanizada”, para que nosotros, simples mortales, lo podamos
entender. En este mismo mandamiento el “amar” a Dios debemos
humanizarlo un poco y comenzar a ser con Dios como seríamos con un
“verdadero amor”.
Cerremos
un poco la Biblia y apelemos a nuestra terrenalidad. Seguramente
todos nos hemos enamorado, sin importar si hayamos sido
correspondidos o no; eso es Amar. Cuando nos enamoramos de alguien
comenzamos a actuar de forma particular:
- Nos encontramos pensando frecuentemente en él/ella.
- Él/ella se vuelve el centro de nuestra vida.
- Todo lo que hacemos gira en torno a él/ella.
- Vamos a una tienda y pensamos en regalarle algo a él/ella; nos compramos algo para nosotros y pensamos si a él/ella le va a agradar.
- Vivimos hablando de él/ella a nuestros amigos, hasta el cansancio.
- Necesitamos oír su voz, a cada repique de teléfono esperamos que sea él/ella.
- Quisiéramos estar siempre cerca de él/ella.
- Dejamos de hacer algunas cosas, cambiamos nuestras rutinas de vida simplemente, para estar con él/ella.
- Planificamos nuestra semana en función de él/ella; planificamos nuestras vacaciones en función de él/ella, planificamos nuestra VIDA en función de él/ella.
- Nos preocupamos por cómo se siente él/ella por nuestras acciones.
- Nos preocupamos si sentimos que se molestó por nosotros y buscamos agradarle mucho más para reconciliarnos.
- No solo ocupa nuestra mente, sino también nuestros sentimientos; el solo hecho de pensar en él/ella nos hace suspirar, nos brillan los ojos y se nos dibujan sonrisas en la cara.
- Dejamos de hacer cosas por miedo a que a él/ella le desagrade.
- Podríamos inclusive llegar a pensar en dar la vida por él/ella.
Esto es estar enamorado; amar a alguien. Abramos la Biblia, ¿amamos así a Dios? Cambiemos el sujeto del amor (él/ella) por “Dios”; ¿igual se aplican esos comportamientos en nuestra vida, nosotros que decimos que cumplimos con Amar a Dios?
Pero
no seamos extremistas, a lo mejor suenan patológicas estas acciones.
Pongamos una escala y evaluemos lo que significa nuestro amor con
Dios: de los quince puntos anteriores ¿cuáles podrían aplicase en
nosotros?
Aún
más, pongamos peso a cada uno de los quince puntos. Digamos que cada
punto podemos cumplirlo en “poco, medio o mucho”, ¿evaluamos?...
¿seguimos tratando de buscar excusas?
Cerremos
de nuevo la Biblia. Volvamos a imaginar a dos personas enamoradas.
¿Cuáles serían indicadores de que ese “amor” está bajando de
intensidad en una de las partes? “Ya no me quieres porque...”:
- Ya no piensas en mí.
- Ya no me visitas ni estás conmigo porque prefieres a tus “amig@s”
- Ya tu trabajo es más importante que compartir juntos.
- Siempre te la pasas cansad@
- Tus intereses ya son otros.
- Cuando compartimos, tu mente está en otro lado (las preocupaciones)
- Te hablo y no me escuchas.
- Haces las cosas y no piensas que me puedo sentir mal.
- Los problemas te agobian y te hacen olvidar lo felices que podemos ser juntos.
- Ya no confías en mí, no me cuentas las cosas y olvidas que somos parejas y podemos resolver las cosas juntos.
Esta extrapolación del Amor hacia Dios al ámbito humano, puede arrastrar algunos conceptos difíciles de manejar como: dependencia, control, obsesión, sobreprotección; así que en vez de utilizar un paralelismo estricto, vamos a divinizar el comportamiento humano hacia Dios, para ver si nos convencemos. Por tanto, el Amar a Dios debería pasar por:
- Llevarlo en nuestro pensamiento frecuentemente y que sus enseñanzas condicionen nuestra percepción de la realidad que nos circunda y planteen nuestro accionar hacia ella.
- Nuestra vida y nuestras acciones deberían ser un reflejo de sus principios.
- Lo que hagamos con nuestras vidas debería estar acorde a lo que Él espera.
- No solo debemos vivirlo, sino que debemos mostrarlo; debemos darlo a conocer, debemos hacer ver a los demás las maravillas que Él ha hecho en nosotros.
- Debemos ansiar oír/leer/aprender de sus enseñanzas, además que debemos esforzarnos a entender la forma que Él nos habla en la cotidianidad.
- Debemos procurar espacios y momentos para estar nosotros con Él, mas allá de la comodidad de decir que como Él está en todas partes, Él siempre está conmigo en cualquier lugar.
- Debemos abandonar las rutinas actuales dañinas que nos alejan de esa cercanía a Dios.
- Debemos considerar a Dios no solo en nuestra vida presente, sino en planes futuros, definiendo el compromiso de una vida dentro de un camino de crecimiento espiritual.
- Todas nuestras acciones deben ser pasadas primero por el tamiz de sus enseñanzas para no trasgredirlas.
- Al momento de sentir que fallamos en nuestra expresión de amor, debemos hacer lo necesario para resarcir la falla y buscar reconciliaros nosotros con Él
- No solo debemos pensar a Dios, sino que debemos aprender a sentirlo en nuestra corazón.
- Debemos elegir una vida “con y para Él”; una existencia sin amarle debería ser inconcebible.
A lo mejor esto es lo que puede significar Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y es tan hermoso que esta actitud de vida no excluye al amor que le debemos tener a los demás, por el contrario, se complementa con el segundo mandamiento de Jesús.
Esta
reflexión ha sido un humilde intento para discernir otra enseñanza
bíblica. Tendrá sus aciertos y sus errores, pero con seguridad será
de utilidad para algunos.
Si
te encuentras pensando mucho en tus preocupaciones y en tus
infortunios, en tu mente hay poco de Dios.
Si
te encuentras sintiéndote mal por lo que te sucede, en tu corazón
hay poco de Dios.
Si
en tu vida presente y futura solo están planificados tus logros
terrenales, pues en tu alma hay poco de Dios.
Aumenta
la cantidad de Dios dentro de ti y lo estarás amando cada vez más.
Namasté.
Pedro
A. Gómez Ruzzo.
Master
Reiki Usui-Tibetano, Karuna Ki, Reiki Mineral
Original:
18 de marzo del 2013
Twitter:
@eReiki


